La ventana cerrada a la mitad, eran de esas que tenían puertecitas hacia los lados, como de las casas de campo de antes. Hacia afuera no se veía nada. No estaba nublado, pero de todas formas no se veía. El viejo taller... le faltaba una parte de la muralla de madera. Tenía altos y angostos muebles donde solían haber herramientas ordenadas - hoy, solamente habían unas pocas, gastadas y oxidadas -, en las vigas superiores descansaba el viejo gato, junto a las viejas sillas de playa y los empolvados sacos de dormir que no se usan del verano pasado. Primera uva robada. La llave, años atrás, estaba escondida en cierto lugar de la cocina que nunca se veía, se guardaba en caso de alguna tontería infantil.. ahora no es necesario, ya no se siente el espíritu infantil en el aire, y la llave cuelga de la puerta, invitando a entrar y quedarse encerrado por fuera. Abre un cajón, abre otro cajón. Robada la segunda uva, calla unas tres horas más, fíjate que las murallas saben hablar mejor que tú, y el teléfono grita más fuerte que tú. De momento te encuentras bajo techo, y lo único que detiene tu mirada es el columpio que se mueve solo, buscando tu punto más débil para luego hacerte creer mil verdades no verdaderas. ¿Gritar? Pero si te dije que el teléfono gritaba más fuerte. Tercera uva desaparecida. Trataste de ganarle al teléfono, y las murallas hablaron por tí. Hablaron mejor, hablaron de esas mentiras verdaderas que no dijiste con tus palabras y te encerró en el rincón, con ese ridículo sombrero rojo. Ya no quedan uvas. Miraste la ventana y ahora se veía... se veía que el perro había matado al viejo gato.