13 sept 2009



Yo grito por esos que no saben,
contra los que creen saber.

26 ago 2009

Poco.


Se camina y se camina, no se avanza,
porque avanzar implica mucho más.
Nos quedamos y nos quedamos,
seguimos aquí porque no conocemos nada más.

Darán las seis, las nueve, las tres de la madrugada
y seguiremos en pie, porque no sabemos hacer otra cosa.
Amarrados o pegados, como sea, pero dentro,
esperando.


Por hoy, lo único por decir ya fue dicho
y necesitarte me queda corto.


15 jul 2009

De los castores y los rostros

Los causantes fueron los que colgaban de los candelabros. Fue lo primero que se especuló, pasados casi treinta minutos de de la catástrofe.

Cada día llegaban a su casa, al principio se quedaban afuera esperando encontrar alguna ventana abierta – parece que, con la edad, era común que a la doña se le olvidaran algunas cosas -. Aunque, con el tiempo, de alguna u otra manera siempre conseguían entrar, por una ventana o, incluso, por algún agujero que ellos mismos hacían con sus afilados y amarillentos dientes ya jubilados de los negocios de la madera. Luego que entraban comenzaban a jugar, inocentemente, por toda la casa. Se comían las cortinas, saltaban en la cama y en varias ocasiones dejaban de ser cinco, eran ocho, quince.

Ese día había siete. No iban por ella, ni les importaba que fueran sus cosas las que destruían. Pero no era precisamente una mueca de enojo lo que se veía en su cara cuando les daba la espalda.

Le dijeron que si no hacía nada le harían un daño irreparable a la frágil casa de madera que tanto había cuidado desde que enviudó. No tenía hijos, era todo lo que le quedaba: su vida y su casa color caramelo. Claro que, extraña como era, doña Eleanor no hizo nada por arreglar los desperfectos, y de paso le permitía a los pequeños intrusos entrar sin problemas. Y cierto día de agosto, se desplomó. Su refugio, su hogar cayó con un estruendo que hasta un sordo podría haber oído, bajo el brillante sol de una adelantada primavera que estaba por comenzar. Todo estaba tranquilo ese día, también ella, que se encontraba tomando el te, sentada placidamente en su sillón favorito mientras observaba sus visitantes y hacía oídos sordos a los quejidos de sus muros.

En efecto, fueron ellos los culpables, pero todo comenzó por culpa de ella.

La encontraron minutos después, seguía en su sillón favorito, había trozos de una taza que al parecer contenía te a su alrededor. En su anciano rostro, entre las arrugas y las astillas de la madera que le cayó encima, se pudo ver una sonrisa.


Ahí se ve hasta donde llega la soledad.

Años después se dijo que había muerto inesperadamente en una iglesia, todo en un intento por conservar en secreto la desgraciada vida que llevaba. Pobre Eleanor, los invasores sobrevivieron todos, corrieron y creo que no fueron siquiera al funeral.

27 jun 2009

En el aire.


Serán demasiado tranquilos y fomes, pero vistos desde distintas perspectivas, esos algodones que se ven en lo alto podrían abrir puertas. Matices, muchos matices. Es increíble ver la diferencia que se nota en el cielo cuando están, un par de tonos más a la acuarela. Y de dormir qué decir, un poco de verde y está todo perfecto, habiendo equilibrio el paraíso está al alcance de cada mano.

Pensamientos típicos de los días en que se podía dar el gusto de caminar. En ocasiones le pedían llevar el pan o un poco de leche, en esos casos sus caminatas se convertían en carreras al darse cuenta de que en cinco minutos debía llegar con todo y aún no estaba ni cerca del negocio. También, otras veces, tenía que comerse las ganas de caminar y tomar la micro, odiaba hacerlo, solo acompañada era capaz de subirse a una sin mostrar el desagrado en la cara.

Era normal, no había que darle tantas vueltas para saberlo. Tampoco hay mucho que decir sobre una niña con el simple hobbie de caminar acompañada de sus ojos – si, acompañada, no solo llevándolos – y una pasión casi indescriptible por observar el mundo.

Cada vez que la veía salir de su casa me saludaba, mientras leía el diario y me fumaba un cigarrillo, y al verla partir nuevamente, fresca como sólo el viento puede hacerla, me preguntaba cuándo será el día en que deje de gustarle observar tanto. Hay que reconocerlo, en este loco mundo hay muchas cosas que a una niña podrían desagradarle, quizás al punto de no querer volver a intentarlo para evitárselas. Y así partió un día, creo que era miércoles. No la vi volver.

Pasaron los años y no la pude olvidar, era normal, pero dentro de tanta normalidad algo había que no me permitió despegarme de sus brillantes ojos, mucho menos dejar de pensar qué fue de ella, con decir que hasta en sueños la veía de vez en cuando. Pero todo cambió la semana pasada. Me la encontré en el centro, por una de esas pocas calles donde los árboles llegan hasta el cielo. Llevaba flores, me reconoció de inmediato. Al rato me confesó que sus amiguitas no eran para nadie en especial, que a pesar de la falta de tiempo sigue teniendo largas caminatas, aunque ahora viva en otro pueblo.

No era la falta de edad o el exceso de inocencia para ver las cosas. Sus ojos aún brillaban, incluso más que antes, y tenía el alma llena de mundo. Se sentía plena, me di cuenta en el momento en que me regaló sus flores y se alejó de mi, radiante como el sol, fresca como el viento, igual que antes.

Eran girasoles, como los que siempre había en el camino a su casa.



14 jun 2009

Shh



Escuchar una guitarra podría ser hasta enfermo en este minuto, donde los oídos se hacen sordos a cualquier cosa que no sea el suave retumbar de los techos con las gotas de agua, graciosas y sutiles, arrasadoras. Creo que habíamos perdido esa sensación, era maravillosa, y la habíamos olvidado por completo.
Con la cara mojada salir corriendo, saltar los agujeros de las calles gritando saludos y bienvenidas, no existe amante de la lluvia al que no le hayan dado ganas de hacerlo.
¿Qué dices? ¿Se cae el cielo? Adelante entonces, aquí lo espero con una sonrisa en la cara.